Alegres y rebeldes. Los carnavales y la lucha contra la corrupción en el Perú/ Guillermo Valdizán

Estamos en un tiempo especial. Los calendarios oficiales se desordenan, las geografías se calientan y los corazones tienden a gozar del riesgo. Son carnavales en todo el Perú y en América Latina, fiesta que combina la celebración de las cosechas y el desencadenamiento del espíritu festivo y sensual. Pueblos enteros se movilizan y toman las calles, cambiando el sentido del poder, ridiculizando a los poderosos, triunfando simbólica y corporalmente ante las adversidades, energizándose con bailes y cantos, lejos de toda proyección utópica. En los carnavales la inversión del mundo se juega en el aquí y el ahora.

Este año estas celebraciones coinciden con la peor crisis política del Perú después de la caída de la dictadura fujimorista. Al aluvión de corrupción de Odebrecht, que ha arrastrado a todos los partidos que han gobernado este país, se suma el negociazo del indulto al ex dictador Fujimori a cambio de salvar el pellejo del (hasta el momento) presidente Pedro Pablo Kuczynski. Desde el 24 de diciembre, fecha navideña de fuerte carga espiritual (no solo por el nacimiento de Jesús sino por el solsticio de invierno), los pueblos y naciones peruanas han llenado de dignidad las calles, plazas y paredes en Costa, Sierra y Selva. Tanta ha sido la fuerza creativa volcada en las calles (y expresada en marchas, piquetes, murales, tambores, gráficas, canciones, performances, poemas y un largo etcétera) que el mal gobierno ha lanzado una estrategia agresiva de criminalización de la protesta, censura y estigmatización a las y los creadores que luchan contra la corrupción. Quienes han gobernado desde hace treinta años están siendo desnudados y su proyecto neoliberal va perdiendo legitimidad, y eso les resulta peligroso. Pero más peligro aún es que las fuerzas creativas populares estén recomponiendo un lenguaje para expresar la rabia y la esperanza de la gente.

Prueba de ello han sido los carnavales ayacuchanos donde todos los años las comparsas no escatiman en confrontar directamente con las figuras del mal gobierno, con los injustos de la ciudad y del país, a punta de cantos, bailes y mucho talco. Este año le tocó el golpe al Keiko Fujimori a quien le dedicaron la siguiente canción: “Keiko, Keiko / toda la vida vagaza / anda ponte a trabajar / devuelve lo robado / anda ponte a trabajar / presidenta no serás”. Ya en la noche otra comparsa le cantó al actual presidente: “Kuczy Kuczynski / desgraciado vende patria / por tu indulto a Fujimori / ahora te vas a la mierda”. La agitación de un mensaje destituyente germina en un clima físicamente festivo de carácter constituyente. No se trata solo de una “herramienta estética de denuncia”, como se consideraba al arte en la tradición socialista eurocéntrica, sino que es un acto expandido en placer, donde la indignación se combina con el reencantamiento sonoro y corporal de la realidad. Esto cobra un sentido político trascendente al recordar que los agricultores de Ayacucho han sido parte del contundente paro agrario hace pocos días.

Y sí, puede que ello no tenga implicancias inmediatas con el orden institucional que sostiene a los corruptos, pero cabe recordar que los niveles de aceptación del indulto está bajando gracias a las movilizaciones nacionales y que está planteada ya la vacancia presidencial en el Congreso de la República. La batalla por transformar los sentidos comunes funcionales al proyecto neoliberal que ha fundado un tipo específico de corrupción y la lucha desde el campo institucional por parte de bancadas de izquierda y de centro logran sintonizar con la potencia creadora de los carnavales.

Es vital reimaginar las luchas y movilizaciones desde la orilla de la alegre rebeldía, la corrosión lúdica y el cambio en la correlación de fuerzas. Carnavalizar la política, como principal tarea cultural, implica también construir otras correlaciones: de emociones, de sentimientos y de energías, partiendo de la celebración de la vida aquí y ahora. Claro está que esta tarea no solo se cumple en Perú. Es un gusto saber que en el Carnaval de Río de este año la carroza ganadora fue Beija Flor que realizó una valiente metáfora entre la historia de Frankenstein y los monstruos de la política actual brasileña bajo el lema: “Monstruo es aquel que no sabe amar. Los hijos abandonados de la patria que los parió”. Asimismo la escuela Paraíso Tuiutí mostraron en su carroza la “la nueva esclavitud”, producto de “vampiro neoliberalista”, aludiendo al actual presidente Michel Temer. Así como en Perú y Brasil, toda América Latina vive y celebra sus carnavales abriendo la trocha de la transformación social con la fuerza del gozo y el esfuerzo de las creaciones colectivas, cambiando los sentidos comunes no desde nuevos discursos solamente, sino desde una desbordante política del cuerpo y las emociones.

¡Qué viva el Carnaval! ¡Con su ejemplo GOZAREMOS!

 

Referencias:

 

Primera comparsa:

Segunda comparsa:

Sobre la carroza Beija Flor:

https://tn.com.ar/internacional/carnaval-de-rio-el-desfile-de-beija-flor-que-denuncio-la-corrupcion-gano-la-edicion-2018_851301

Foto de Miguel Gutierrez de la comparsa de la Casa Museo Joaquín López Antay (2017).

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