Más allá del ‘antifujimorismo’/ Laura Arroyo Gárate

Si algo hemos visto ayer en todo el país, es la suma de heterogeneidades unidas en una misma ola de indignación y a un mismo grito de rechazo. Un despertar de politización ciudadana que no veíamos con la misma contundencia -a excepción de episodios electorales concretos- desde hace muchos años. Tal vez, el ensayo de la conformación espontánea de un nuevo sujeto político heterogéneo y transversal que en dichas características puede tener su mayor ventaja. Y también la capacidad de hacerse hegemónico y mayoritario. Toca reflexionar sobre este sujeto que es plenamente esperanzador.

Artículo publicado el 20 de julio de 2018 a propósito de la movilización del 19 de Julio de 2018. Ver: https://altoparlante.lamula.pe/2018/07/20/19j-mas-alla-del-antifujimorismo/lauraarroyog/

Si algo nos enorgulleció y nos colmó de esperanza hacia fines de los 90 e inicios del 2000 fue esa fuerza transversal que aglutinó en norte, sur, este y oeste una misma indignación: el ‘antifujimorismo’. Un movimiento transversal que supo leer el momento político que vivíamos en aquel Perú que parece tan distante y a la vez tan similar. Una transversalidad que no solo generó y sostuvo un movimiento que se originó en oposición al fujimorismo en el poder, sino que hasta la fecha ha sabido proteger desde su fuerza y movilización social al país, evitando que el fujimorismo volviera al poder en las últimas elecciones y continuara con la concreción de su proyecto de país: un Perú clientelista, sin soberanía, servil sólo a intereses económicos y totalmente ajeno al estado de derecho, la independencia y separación de poderes, el respeto a las libertades de expresión, el laicismo del Estado, y un largo etcétera.

El antifujimorismo como movimiento transversal ha sido útil y siempre habrá que recordar su papel en las últimas décadas de un Perú que sobrevive en gerundio. Recordemos, por ejemplo, esa marcha de los 4 suyos que fue, un punto clímax de dicho sentir destituyente frente a la dictadura y que hoy, casi veinte años después sigue despertando emociones y aplausos entre quienes la vivimos y quienes crecimos con su recuerdo y su logro. Pero es justamente por ese recuerdo orgulloso que hoy, en un segundo momento de indignación popular, toca hacernos la pregunta: ¿nos basta el ‘antifujimorismo’?

El nuevo momento que atraviesa nuestro país, que no es otra cosa que la erupción volcánica de los residuos del fujimorismo al que le ganamos en las calles y las urnas, demanda de nosotros una responsabilidad a la altura de la de hace casi dos décadas atrás. ¿Es el antifujimorismo la fuerza transversal que aglutina con mayor eficacia la ola de indignación (o indignaciones) que crece como la espuma en el país? ¿Es el antifujimorismo el espacio que interpela también a la juventud indignada que no vivió la dictadura pero rechaza la corrupción? ¿Es el antifujimorismo, tal y como lo conocemos, el significante que congrega a quienes rechazan hoy tanto los audios en lo concreto, como la red de corrupción en los espacios de poder, en el fondo, y politiza estos rechazos?

Me hago estas preguntas desde hace mucho tiempo, y la rapidez de los acontecimientos que se han sucedido con revelaciones diarias me han apresurado a ponerlas sobre el papel. Estos días he recordado también esta frase del politólogo español, Manolo Monereo: “La crisis es el momento en el que la diferencia entre la audacia y la mediocridad es saber apelar a un pueblo y decirle: ‘Estos son tus enemigos’”. Y tal vez hoy lo que urge es saber delimitarlos, darles relato, nombres y rostro y saber enunciar, desde el otro lado, una denuncia transversal que nos haga hegemónicos y que nos haga mayoría. Dicho de otro modo, que nos permita ganar.

Ha habido ocasiones en las que se ha creído que la transversalidad significa renuncia. Una mala lectura producto de una generalización imprecisa porque la transversalidad no supone el matiz de una opinión concreta o la tibiedad de una denuncia sino, por el contrario, la capacidad de poner el acento en lo que une y aglutina con miras a objetivos palpables y urgentes. En Perú sabemos mucho de esto porque en cada elección ponemos a operar nuestro instinto de supervivencia y corremos a votar por “el menos malo”, tapándonos la nariz, los ojos y la boca. En Perú, este pragmatismo es pan de cada cinco años, como también el episodio en que aplaudimos a Vizcarra (algunos más que otros) aún sintiendo desconfianza pues sabíamos que era el número 2 del que echábamos a la calle. Era, desde el inicio, un mal augurio que aprendimos a tolerar.

Y es que, la transversalidad que caracterizó al ‘antifujimorismo’ y que sirvió para despertar la movilización y politización de un sector más que significativo en la sociedad peruana, no logró, después de caída la dictadura, convertirse en una propuesta constituyente. De ahí que cada cinco años volvamos a temblar y a salir a las calles con los mismos afanes destituyentes en la reversión de un “que no vuelvan”. El objetivo destituyente fue cumplido, pero no sólo. El ‘antifujimorismo’ logró -y sigue logrando- una hazaña victoriosa al evitar que Palacio de Gobierno volviera a teñirse de vergüenza color naranja. Pero hoy comprobamos que ha sido una victoria pírrica cuando constatamos que echar al fujimorismo no significaba echar sus prácticas ni acabar con su legado. Un lastre que vivimos hoy y que nos está explotando la cara. Un lastre que ha despertado la ola de indignación que ayer vivió una de sus expresiones sociales más impactantes. Y por eso hoy toca hablar de una nueva transversalidad.

Así como la transversalidad no es una renuncia sino una apuesta, hoy me atrevo a decir que es también una urgencia. Y esta transversalidad que hoy se requerimos no se encuentra ya, como hace años, en el ‘antifujimorismo’ no porque haya quedado caduco (lo digo siendo una antifujimorista orgullosa), sino porque los factores y las variables de nuestro escenario socio político han cambiado. Lo que hoy combatimos no solo tiene el apellido Fujimori, ni la inicial ‘K’ de esa señora que todos sabemos quién es. Lo que hoy combatimos es toda su resaca: la putrefacción del Estado, la utilización del poder para fines particulares, la mafia como forma de ejercer este poder, la metástasis de la corrupción en las instituciones que son del país y no de ese minúsculo grupo de corruptos y aprovechadores, etc. Lo que hoy combatimos no es al fujimorismo, sino también a toda su resaca. El enemigo es más grande. La solución también tiene que serlo.

Por tanto, es momento de un movimiento que no contradiga ni se distancie del ‘antifujimorismo’ que hasta hoy ha sido un polo de polarización política en el Perú, sino que lo trascienda. Un movimiento que sea capaz de interpelar a las generaciones que crecieron sin la dictadura en el poder, pero también sin la lamentable sombra del conflicto armado interno. Un movimiento que no le tema al apelativo “caviar” porque no lo define. Un movimiento que hable sin complejos de ese “ellos” corrupto versus el “nosotros” valiente que quiere recuperar su país de quienes lo han mancillado. Un movimiento transversal que le hable al Perú que ya no habla el código de fujimorismo únicamente, sino también -y sobre todo- de conceptos que siempre fueron y necesitan volver a ser nuestros “justicia”, “democracia”, “derechos”, “dignidad”, “decencia”, etc. Y que, con la misma valentía es capaz de poner el dedo acusador sobre “los enemigos” de este Perú mayoritario y hegemónico, sano y decente, al señalar sin reparos a las Yesenias Ponces, a los Hinostroza Pariachi, a los Villa Stein, a los Galarreta, a las Salgado, a las Chávez, a los Alan Garcías, a los Toledos, a los Heresi, a los Kouri y, por supuesto, a las Keikos, Kenjis y Albertos Fujimoris.

Un movimiento transversal que denuncie sin complejos al enemigo que combatimos pero que es capaz de darle el rostro que hoy tiene porque, si algo ha quedado claro en estas semanas, aunque ya lo veíamos como tendencia en las últimas elecciones, es que el eje de polarización política en Perú no tiene ya solo un apellido, sino que forma parte de un relato mucho más perverso como también mucho más potente para quienes demos la batalla. Necesitamos ser capaces de hablarle a todo ese Perú mayoritario y valiente que está más allá de los márgenes del ‘antifujimorismo’ pero que ayer ha sabido muy bien de qué lado estar.

Suscribo aquí la tesis de Vergara que habla del “hortelanismo” como proyecto de país y desarrollo que triunfó en el Perú contemporáneo. Este es un buen punto de partida para pensar en nuevos polos en disputa en el escenario peruano. Dos polos donde el fujimorismo sigue estando en un extremo y el ‘antifujimorismo’ en otro, pero donde el ‘antifujimorismo’ forma parte de un sujeto político mayoritario que lo trasciende. De lo contrario, al igual que en las anteriores elecciones, no sólo no habremos vencido de verdad al fujimorismo, sino que toda su resaca dejará de serlo para convertirse realidad y pesadilla.

Equivocarnos hoy de lectura sería perder una oportunidad histórica cuyo costo será no las próximas elecciones, sino la próxima década en un Perú que no puede esperar más.

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